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Aníbal Romero / COLAPSA SU MUNDO



19/7/14




El brillante parlamentario inglés J. Enoch Powell dijo una vez que “todas las carreras políticas terminan en fracaso”. Ahora bien, no todos los fracasos son iguales. Algunos son más impactantes y significativos que otros, y el de Barack Obama es un fracaso de grandes proporciones.

Hace dos semanas, la respetada y prestigiosa encuestadora norteamericana Quinnipiac publicó sus más recientes resultados, según los cuales Obama es evaluado como el peor Presidente que ha tenido Estados Unidos en el período posterior a 1945. Un 45% considera que EE UU estaría mejor si Romney, en lugar de Obama, hubiese sido electo hace dos años, frente a 39% que piensa lo contrario. Las evaluaciones negativas de Obama en cuestiones centrales de su gobierno son claras: 55% frente a 40% desaprueba su manejo de la economía; 58% frente a 40% juzga negativamente su desempeño en el sector salud, en tanto que un abrumador 57%, frente a 37%, emite una opinión crítica sobre la política exterior del actual Presidente.

Quizás algunos se sorprenderán con esto. En su momento, como recordarán lectores con buena memoria, advertí que la elección inicial de Obama, y su reelección, se sustentaron en espejismos sentimentaloides e ilusiones sin base, y que las consecuencias de tales actitudes serían el desencanto y la frustración. La prensa internacional, en Estados Unidos, Europa y América Latina, ampliamente controlada en el plano ideológico por la izquierda biempensante, se encargó de construir una muralla protectora alrededor de Obama, muralla que impidió –y todavía lo logra a medias—un juicio ponderado sobre el personaje, su trayectoria y sus ideas. Y hay que decirlo: el hecho de ser un político de color fue factor esencial en sus dos victorias electorales, más allá de los criterios que usualmente se utilizan para evaluar a un candidato.

Recuerdo que pocas semanas antes de la elección de Obama en 2008, un importante empresario radicado en Estados Unidos, muy influyente en círculos de poder de ese país, me dijo que si Obama no era seleccionado se iba a producir una protesta masiva y posiblemente violenta de afroamericanos en ciudades como Detroit, Los Ángeles y Washington DC, entre otras. Honestamente ignoro si tal percepción era cierta y bien fundamentada, pero recuerdo que entonces pensé: ¿Hasta aquí ha llegado la democracia en Estados Unidos? ¿Resulta que la persistencia obsesiva del tema racial impone condiciones a los electores, que casi se ven forzados, así sea inconscientemente, a decidir su voto en función de soterradas amenazas de violencia callejera?

Es muy grave que numerosos norteamericanos continúen arrastrando un complejo de culpa por lo ocurrido en el pasado; y es muy grave que no pocos afroamericanos sigan llevando consigo un ansia de pasar facturas por ese pasado a nuevas generaciones, a las que resulta injusto, aparte de absurdo, cobrar el dolor de la esclavitud y la discriminación.

Lo más paradójico de todo esto es que no pocos entre aquellos que, con razón, se oponen a discriminar y juzgar a los seres humanos por el color de su piel, actúan precisamente de esa forma cuando se trata de Obama, ejerciendo una especie de “racismo al revés”: Obama es presuntamente intocable pues es un hombre de color. Esto también me parece condenable, y surcando ese camino Estados Unidos acabó por elegir a una persona sin experiencia, un verdadero iluso, que fue llevado de la mano por un “establishment” acosado por sus complejos de culpa a ocupar la Presidencia de un gran poder.

La prensa de izquierda biempensante se encargó de tender un manto sobre los estrechos vínculos de Obama con elementos extremistas, colocados en los márgenes de la política estadounidense; de pasar de igual modo por alto que un hombre sin experiencia alguna de gobierno, que había sido apenas un “organizador comunitario” en la turbia vida política de Chicago, y cuyos dos años en el Senado se habían caracterizado por su casi perenne ausencia del hemiciclo, fuese escogido para guiar a un país clave en momentos cruciales. Poco o casi nada se debatió el hecho que Obama hubiese dirigido una importante revista jurídica en Harvard (Harvard Law Review) sin jamás haber publicado un artículo académico (y tampoco lo hizo como Director de la revista), o que aún no se conozcan sus calificaciones académicas, que siguen bajo llave en los archivos de Occidental College, Columbia, y Harvard.

En 2008, en diversos artículos y entrevistas, alerté acerca de Obama, sobre su carencia de experiencia, su visión quimérica del mundo, su tendencia a culpar a su propio país por los problemas en lugar de considerarle una fuerza positiva para su solución. Dije que los planes de Obama en materia económica equivalían a tomar el camino del socialismo europeo, precisamente cuando este último empezaba a fracturarse y poner de manifiesto sus profundas fallas estructurales. De hecho, las políticas económicas de Obama han multiplicado el desempleo, especialmente entre los afroamericanos. Sostuve, por otra parte, que Obama representaba una desorganizada y seriamente perjudicial retirada estratégica de Estados Unidos con respecto a los asuntos mundiales, retirada que produciría aún mayor inestabilidad y el peligro de nuevas y graves guerras. En particular señalé que Obama iba a significar una pérdida de brújula por parte de Washington con relación a su papel y misión en el mundo.

Creo que los hechos han corroborado el referido diagnóstico, y me excuso ante los lectores por esta enumeración presuntuosa. El tiempo ha demostrado que Obama no es el Mesías que construyeron sus seguidores, y que sus quiméricas propuestas no fueron las profecías bíblicas creídas por millones de ilusos e ingenuos alrededor del planeta.

Obama pretendió congraciarse con el islamismo, y el resultado de su debilidad y confusión es un Medio Oriente más anarquizado que nunca, con un Estado islamista radical en formación, los aliados tradicionales como Egipto traicionados, Israel acorralada, Irak y Afganistán abandonados, Libia convertida en un caos, y Al Qaeda, organización a la que Obama había declarado “casi destruida y huyendo”, más fortalecida que nunca.

En vez de “recomenzar” la relación con Rusia, según lo anunció en su momento la también confusa y extraviada Hillary Clinton, vemos hoy a Putin resucitando a la URSS con otro disfraz. La blandenguería Obamista ha enajenado a Japón, Corea del Sur y Taiwan, que empiezan a rearmarse en serio y a pensar en el arma atómica, en tanto que China proyecta sus ambiciones sobre un continente asiático estremecido por la retirada estratégica de Washington. Tan grave es el deterioro en la posición geopolítica de Estados Unidos, que Obama está cercano a echar por tierra el gran logro de Nixon y Kissinger, y, de manera contraria, juntar a Rusia y China.  A este sombrío panorama en ciernes hay que añadir la reciente expulsión del jefe de la estación de la CIA en Berlín, capital en la que ya empieza a discutirse la posibilidad de un acercamiento entre Alemania y Rusia a expensas de Washington. ¡Bismarck debe estar riéndose desde el infierno!

Y no puedo dejar de lado a Venezuela. El gobierno de Obama ha traicionado la democracia y la libertad en mi país. Ante la patente y sistemática violación, por parte del régimen “bolivariano”, de todos los principios que alguna vez hicieron grande a Estados Unidos, y olvidando por completo lo que significó el compromiso democrático de Venezuela frente al comunismo castrista, Washington ha respondido al dominio cubano sobre Venezuela con la futilidad, la banalidad, la torpeza y los gestos vacíos de un gigante de pacotilla, haciéndose casi siempre de la vista gorda, mirando a otro lado, esperando que algún milagro ocurra en la devastada tierra de Bolívar, permitiendo a la vez que la OEA pase de ser un ente más o menos inocuo para convertirse en una verguenza irredimible.

Barack Obama, adulado hasta la saciedad en medio de la “bobalización” global, acabó por creerse lo que de él decían. Su afanosa búsqueda de la aprobación de todos le ha dejado crecientemente solo. Su mundo de fantasías colapsa pues Obama olvidó el sabio consejo de Maquiavelo: para un político, en especial para el jefe de un gran poder, es mil veces preferible ser temido a ser amado.



Aníbal Romero / POLÍTICOS DE PLASTILINA



23/5/14


Desde Platón sabemos que la demagogia es el veneno de la democracia. Lo que no se dice con frecuencia es que ese mal ataca primero a numerosos políticos y después a las masas.

Una de las más frases elocuentes que hayan sido pronunciadas con referencia al veneno demagógico es ésta: “Yo les sigo a ellos, pues yo soy su líder”. La mezcla de cinismo y sarcasmo es tan patente como risible, con una dosis trágica. La frase ha sido atribuida al político francés del siglo XIX Auguste Ledru-Rollin y al político inglés del siglo pasado Stanley Baldwin, entre otros personajes históricos. Sea como fuese, lo cierto es que retrata a los que acá denomino “políticos de plastilina”, es decir, aquéllos que en vez de labrarse convicciones y sostener creencias para persuadir a la gente a que les siga, lo que hacen es leer encuestas para averiguar qué es lo que presuntamente interesa a la gente, de modo de seguirles.

El peor mal que aqueja actualmente a la democracia alrededor del mundo es la conversión de demasiados políticos en meros lectores de encuestas, carentes de convicciones firmes. Una cosa es conocer la situación de la opinión pública para orientarse, y otra muy distinta estudiarla para amoldarse y subordinarse a ella. Esto último, por lo demás, es lo que hacen esos políticos que se transforman en gerentes y gestores de “políticas públicas” (como si existiesen “políticas privadas”), olvidando que un político es una cosa y un gerente otra.

En este orden de ideas debo admitir que Hugo Chávez fue un político sustantivo de la cabeza a los pies. Utilizó la demagogia en su manejo comunicacional, pero tenía convicciones y el coraje (se lo reconozco) de defenderlas y de voltear los términos de la frase previamente citada. Para Chávez el tema se definía así: “En esto creo, aspiro convertirme en su líder, síganme”.

Por desgracia todo aquello en lo que Chávez creía significó un rumbo de destrucción nacional, de la que Venezuela tomará mucho tiempo en recuperarse, confiando en que comience algún día a hacerlo. Pero ése no es mi punto en esta nota. Lo que deseo destacar es el daño que causan los “políticos de plastilina”, que pasan el tiempo leyendo encuestas y consultando asesores para que les indiquen qué deben decir y qué no. La autenticidad, la confianza en sí  mismos y en sus ideas, la voluntad de persuadir y guiar han sido trastocadas por una permanente búsqueda de rutas prefabricadas, con el único propósito de complacer las cambiantes y muchas veces confusas perspectivas de una mayoría que, por supuesto, tiene comúnmente la atención centrada en sus dificultades cotidianas, lo que no implica que ello sea lo único que les importe o que sus prioridades sean impermeables al cambio.

En una situación como la que vive Venezuela, sometida al dominio de un poder extranjero, azotada por la maldad, ceguera e ineptitud de un gobierno oprobioso, y en pleno deslizamiento por un barranco de decadencia en todos los órdenes de la existencia colectiva, lo que menos necesitamos es una política de gerentes o conserjes. Lo que hace falta, me parece, son políticos capaces de colocar la lucha de la gente en el plano requerido, el plano del compromiso en función de un propósito más noble que aquél al que empuja a diario la dura (para la mayoría) vida cotidiana.

Las encuestas son instrumentos útiles pero tienen peligros. Creo que en Venezuela se plantean desafíos que quizás no son claramente percibidos por los estudios de opinión, pero son los más apremiantes. Para asumirlos se requieren políticos de convicción, no de plastilina.



Aníbal Romero/ Lecciones de Egipto



17/7/13


1) Los conceptos de democracia y libertad son distintos. La voluntad de una mayoría relativa y pasajera puede a veces significar la opresión de la minoría. La democracia se refiere a los votos. La libertad se refiere a la protección de derechos inalienables de la persona humana. En Egipto hubo votaciones y la mayoría llevó a sus representantes al gobierno, pero no hubo ni hay libertad. En Venezuela estos conceptos son sistemáticamente confundidos. Aparte de que la democracia revolucionaria es una farsa sustentada en el fraude, nuestra libertad es ficticia pues depende del capricho de los que mandan.

2) La siempre hipócrita y oportunista comunidad internacional ha decidido que existen golpes de Estado buenos y malos. En Egipto, Morsi fue electo y gobernó solamente para los suyos. Dividió al país, violó las leyes, persiguió y reprimió a sus adversarios, silenció la prensa opositora. Al final, su destitución a manos de los militares fue soterradamente celebrada por Washington, entre otros. Ese, tal parece, fue un golpe “bueno”. En Venezuela el régimen revolucionario actúa idénticamente a Morsi, con asesoría castro-comunista, ¡pero pobre del que se atreva a hablar de golpe de Estado en estas latitudes! Está prohibido.

3) Para algunos, entre los que me cuento, la libertad es un valor supremo. Admito no obstante que tal no es el caso para millones de seres humanos alrededor del mundo. Otros relevantes valores ocupan para ellos un lugar prioritario: la sumisión a Dios, la igualdad socialista y la seguridad material, por ejemplo. He llegado a convencerme que existen pueblos que llevan la esclavitud en el alma. En Venezuela, para citar un caso, vivimos bajo la permanente amenaza del ejercicio arbitrario de la voluntad de quienes ahora detentan el poder. Todos sabemos que acá las leyes son de plástico. Y vivimos igualmente bajo el dominio de un Estado extranjero que lleva a cabo sin remilgos la depredación del país. Sin embargo nadie se rebela.

4) Los gobiernos no caen solos; no hay “implosiones”. La URSS no “se derrumbó”. Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II la empujaron al precipicio. Walesa hizo también lo suyo. Las estrategias de desgaste son casi siempre una excusa para evadir la verdad. A Morsi lo sacaron los militares para evitar un desastre aún mayor.

5) Es evidente que el mundo árabe-islámico se enfrenta a un inmenso desafío socio-  cultural, ante el cual quizás no podrá responder creativamente. Se trata del impacto de una modernidad que pone en cuestión aspectos fundamentales de una civilización todavía sustentada en la ambigua separación entre religión y política, en ancestrales costumbres familiares, lazos tribales y convicciones espirituales que dificultan ajustarse a un planeta en acelerada transformación.

6) Los medios de comunicación occidentales, empeñados en simplificarlo todo, en convertir cada conflicto en un combate entre buenos y malos como en alguna película de Hollywood, inventaron una tan famosa como fantasmagórica primavera árabe, que no existe sino en las cabezas recalentadas de los editorialistas y comentaristas que a diario nos asaltan con sus vanas ilusiones. El mundo bobalizado que tenemos, reblandecido y enredado hasta los tuétanos por esa ideología delirante que llaman “corrección política”, se empeña constantemente en levantar espejismos, tan efímeros como desconcertantes. Tal tendencia no parece tener remedio en el ámbito de las comunicaciones instantáneas, los clichés de la cultura de izquierda y el bombardeo inclemente de las grandes agencias de noticias.





Aníbal Romero / ¿Qué es la anti-política?




10/4/13


 Son numerosos los equívocos sobre la llamada anti-política, quizás más de los que persiguen al término fascista, usado por unos y otros para descalificar a los adversarios de turno. En Venezuela los chavistas atacan a la oposición llamándola fascista, y la oposición, con frecuencia confusa en cuanto a la caracterización de su contrincante, sostiene que el régimen es fascista, que no es de izquierda y tampoco comunista; en fin, que la verdadera izquierda es la de Olaf Palme y demás despistados socialistas escandinavos. En cambio –nos aseguran– el Che Guevara, Fidel, Mao, Lenin y Stalin no eran la izquierda sino otra cosa, que nadie sabe de qué se trata. El enredo no pareciera tener escapatoria.

He escuchado y leído a dirigentes de la oposición y a columnistas que rompen sus lanzas en dogmática defensa de la MUD, argumentar que los estudiantes que protestan contra la dominación cubana, o los articulistas que en ocasiones tenemos la osadía de sugerir que el actual liderazgo político de la oposición es falible, somos en realidad representantes de la famosa anti-política. De allí que convenga aclarar algunas cosas.

Para empezar, importa señalar que no toda política es necesariamente la de la democracia liberal y los partidos políticos de corte tradicional. Ese es un modelo ideal contemporáneo, pero me temo que el mismo no agota la realidad histórica de la política. Recuerdo que cuando Hugo Chávez emergió al escenario político nacional, muchos le tildaron de típica expresión de la tal anti-política. Pues obviamente no lo era, y dudo que a alguien ahora se le ocurra incluir a ese fenómeno telúrico de la demagogia en el difuso club anti-político.

Rechazo radicalmente a Chávez, su mensaje y su legado, pero debo admitir que fue un político hasta los tuétanos y que el impacto de su irrupción política sobre el país tiene escasos parangones. Una cosa es que rechace sus ideas y ejecutorias públicas y otra muy distinta que las declare, con retorcida arrogancia, como anti-políticas.

Desde una perspectiva conceptual, por tanto, debemos cuidarnos del reduccionismo que presume que la única política que merece tal nombre es la que llevan a cabo los partidos políticos tradicionales, en el marco de una democracia de masas con instituciones representativas. Es más, para bien o para mal, seguramente lo segundo, esa política de los partidos y la democracia liberal ha sido, es y posiblemente será el ámbito minoritario en el que se ha expresado, expresa y expresará la lucha por el poder, así como los intentos de constituir un orden medianamente viable entre los seres humanos en diversas partes del mundo. Lo creo de ese modo pues a decir verdad, y dejando de lado las restantes dictaduras, autocracias y satrapías que aún existen, buena parte de las democracias de hoy –como la venezolana— no son sino caricaturas del modelo ideal. Ello sin embargo no las hace anti-políticas.

Los estudiantes que protestan no son anti-políticos, y tampoco lo somos quienes cuestionamos aspectos significativos de la estrategia, decisiones y acciones de los que tienen en sus manos la conducción política de la oposición democrática. Sencillamente tenemos visiones distintas acerca de las líneas de avance que en nuestra concepción del tema, deberían ser adelantadas por la dirigencia y seguidores de la oposición, para combatir al régimen traidor y a sus amos cubanos. El epíteto de la anti-política, en conclusión, es un cómodo estribillo para la polémica, utilizado a la ligera cuando ya no quedan otras armas para zaherir al adversario.




Aníbal Romero / La MUD y Cuba



30/1/13
  


En su intervención el pasado 23 de enero, José Vicente Rangel leyó partes del Manifiesto anti-castrista que circula profusamente a través de internet y ha sido suscrito por miles de compatriotas. Al tiempo de lanzar acusaciones contra los firmantes, de mencionar a algunos por su nombre y solicitar castigo a otros, Rangel afirmó que la relación del régimen con Cuba es “totalmente transparente”.

Aun viniendo de Rangel tal aseveración desborda los límites de la credibilidad. Los venezolanos ni siquiera conocemos la realidad acerca del estado de salud del Presidente, para no hablar de la actividad de miles de agentes castristas en puntos neurálgicos del manejo de nuestro país. Sin embargo Rangel se atreve a hablar de “transparencia”. Hay que ser osado para llegar a esos extremos.

Lo clave es que en su intervención Rangel puso de manifiesto que el centro de gravedad del régimen chavista, su zona más vulnerable y frágil, no es otra que el cuestionamiento creciente de los venezolanos hacia la subordinación y entreguismo al imperialismo castro-comunista. La indignación se extiende día a día y no habrá modo de detenerla. Se convertirá en un torbellino.

Frente a esta situación cabe preguntarse: ¿Por qué la MUD no ha hecho de la lucha contra la dominación y neocolonialismo cubanos su principal bandera de batalla? ¿Por qué siguen actuando como si viviésemos bajo un Estado de Derecho? ¿Por qué presumen que es factible una normalización de la política con un régimen como el que destruye a Venezuela?

Mi conjetura es que la respuesta se resume en dos factores: la ideología y el miedo. Intentaré explicarme:

El elemento ideológico que descifra la conducta tímida de la MUD sobre el tema cubano tiene dos aspectos. De un lado, de ello estoy convencido, buen número de dirigentes e intelectuales vinculados a la MUD son de izquierda, y a pesar de todo siguen reservando un lugar débil del corazón hacia la revolución cubana. No se atreven a atacar a Castro o lo hacen a medias; no se sienten bien rompiendo a plenitud los lazos sentimentales con su pasado.

Por otra parte, además de lo dicho, se evidencia una arrogante subestimación hacia el pueblo. Numerosas veces he escuchado a dirigentes de oposición sostener que el tema de la injerencia cubana “no le interesa a la gente”, y solo debe hablarse de la vivienda, el empleo y el precio de los alimentos. De modo sorprendente no formulan la pregunta: si eso fuese verdad, ¿entonces qué sentido tiene luchar por un pueblo así?

En cuanto al miedo, pienso que en general, todos de un modo u otro experimentamos miedo al confrontar un régimen canallesco como el chavista. No me eximo de ello; no soy un héroe ni pretendo serlo. Pero acá me refiero a un miedo específico; al miedo que resulta de la incapacidad e indisposición, por parte de no pocos dirigentes e intelectuales de oposición, de asumir a plenitud la verdad que ya no estamos en la IV República, que este régimen es algo radicalmente distinto, y que la política de los desayunos y almuerzos en restaurantes, el diario intercambio de chismes, los agasajos en Embajadas y viajes al exterior para “motivar” a una comunidad internacional desentendida del drama venezolano, esa política, repito, no va a ninguna parte en estos tiempos.

La oposición complaciente, que imagina un camino triunfal luego de muchas concesiones y humillaciones hasta una elusiva victoria electoral, algún día, bajo el sistema comicial imperante, vive un sueño al que ningún revés pareciera mellar. Pero inevitablemente despertará y me temo que el despertar será amargo.


Aníbal Romero / Izquierda blanda





5/12/12
  

Mi anterior artículo, titulado “Indefensión ideológica”, circuló profusamente y suscitó polémica. Argumenté que el régimen de Chávez es de izquierda, que buena parte de la oposición también lo es y ello le dificulta caracterizar al régimen y combatirle con eficacia. El apaciguamiento y extravío opositores no son gratuitos.

Se me respondió en esencia lo siguiente: 1) Existen muchas similitudes entre comunismo y fascismo, pero Chávez es “fascista”. 2) Si bien es cierto que la oposición en su mayor parte es de izquierda se trata de otra izquierda, de una izquierda “buena”, a diferencia de la chavista que es “mala”. 3) La oposición ofrece, en lugar de comunismo, socialdemocracia.

Admitamos que hay similitudes entre las diversas expresiones del totalitarismo. Los chavistas acusan a la oposición de “fascistas” y la oposición replica acusando al régimen de “fascista”. ¿En qué quedamos entonces? ¿No es obvio que el término se ha convertido en un simple insulto que cada quien usa a su gusto? Ahora bien, pregunto: Si fascismo y comunismo, según dicen, se parecen, ¿por qué entonces la oposición no utiliza más bien el vocablo “comunista” para definir al régimen de Chávez? Ello aclararía las cosas y quizás hasta despertaría a algunos. ¿No sostienen acaso Chávez y sus seguidores pro-cubanos que eso es precisamente lo que son y quieren ser: comunistas?

¿Por qué no hacerles caso? ¿Que impide a la oposición calificar al régimen como lo que genuinamente intenta ser? ¿Será que en el fondo la oposición también  cree que Venezuela necesita un socialismo? ¿Será tal vez que en el fondo, y como no me canso de insistir, la oposición es en su mayoría de izquierda y le entregó su alma a las ideas socialistas, ideas que le impiden presentar ante Chávez una opción verdaderamente distinta basada en la libertad individual y el libre mercado, pues está visto que ningún socialismo funciona y todos acaban en asfixia y desengaño?

Este es el punto clave: mi cuestionamiento al socialismo en todas sus versiones no es exclusivamente político. El socialismo es también una teoría y una práctica económicas. La izquierda blanda venezolana nos ofrece hoy la socialdemocracia y el socialcristianismo como si estuviesen descubriendo el agua tibia. Olvidan que los cuarenta años de República civil, sin menoscabo de sus logros institucionales, se caracterizaron precisamente por un patente fracaso económico y social que abonó el terreno para la llegada del caudillo vengador, en medio del crecimiento exponencial de la pobreza. Hugo Chávez no ha hecho más que profundizar la lógica económica del socialismo de AD y Copei. Si éstos nacionalizaron el petróleo y el hierro y usaron la renta petrolera como lo hicieron, ¿por qué no nacionalizar también el cemento, el oro, los alimentos, las farmacias, las cabillas…y paremos de contar?

La socialdemocracia es un lujo de países ricos que se desarrollaron y luego empezaron a redistribuir. Es un socialismo sentimental que ya encontró sus límites, hundiendo a Europa y EE UU en un abismo de deudas y programas demagógicos impagables. La socialdemocracia está en bancarrota pero la izquierda criolla no desea enterarse. ¿Pasar del socialismo chavista al socialismo adeco? ¿Es eso lo que ofrece la oposición?

No creo necesarias hondas cavilaciones filosóficas para entender a Chávez y su socialismo cubano. Como fórmula económica y social es otra versión del anti-capitalismo y anti-liberalismo de la izquierda venezolana de siempre. Tanto la izquierda dura como la blanda y Venezuela entera siguen atenazadas por el pasado.




Aníbal Romero / Indefensión ideológica



21/11/12

Argumentaré en lo que sigue que la oposición venezolana se encuentra ideológicamente indefensa ante el régimen socialista de Chávez, y que la razón fundamental de tal vulnerabilidad es que en buena medida la oposición también es de izquierda y socialista, y por lo tanto encuentra difícil no solamente entender en su verdad la naturaleza del régimen sino también confrontarle.

El régimen de Chávez es de izquierda, pero el hecho de que no se trate de un régimen en estado puro y prístino desde un ángulo ideológico, sino de un producto ecléctico en el que todavía coexisten la tradición revolucionaria latinoamericana con populismo e influencia militar, permite a la oposición enredar las cosas y sostener, por ejemplo, que Chávez y su proyecto son fascistas.

Esta frívola calificación de fascista, esgrimida desde la oposición, nada tiene que ver con la verdad del régimen, que es de izquierda, sino con la honda vergüenza que sienten numerosos opositores ante el desagradable descubrimiento de que Chávez y su régimen encarnan en realidad muchos de los sueños, quimeras, fantasías, ideales y propósitos que la izquierda del hemisferio ha propugnado por décadas.

Dicen que si ladra, tiene hocico y cola, cuatro patas y parece perro...es perro. Pues si aspira al socialismo, se alía a Fidel Castro, reivindica al Che Guevara, detesta a Pinochet, la Thatcher, Reagan y Uribe, ataca al imperio, odia el neoliberalismo, decreta la igualdad e idolatra al pueblo...es de izquierda. El régimen de Chávez y la oposición venezolana en su mayoría son de izquierda, y por ello cuesta tanto a esa oposición confrontar al régimen; prefiere abordarlo indirectamente, evita llamarle comunista y hace malabarismos para ajustarse a la pesadilla marxista sin nombrarla.

Como consecuencia de ello la oposición venezolana, política e intelectual, prefiere un mensaje de "chavismo light" a una denuncia firme, y procura pasar agachada ante el abuso de poder y la decisión del régimen de profundizar el comunismo. Esta línea política sumisa, desacertada y fatal se encubre bajo un ropaje democrático, que es más bien una infeliz excusa para evadir la trágica realidad de un régimen de izquierda socialista, que lleva a Venezuela gradualmente al infierno que ya otros vivieron y del que tanto les costó salir.

Con su estrategia de debilidad originada por el desarme ideológico, la oposición venezolana transmite hacia el exterior un mensaje según el cual, mal que bien, aquí existe una democracia aunque imperfecta, las elecciones son bastante admisibles y el camino está abierto, en un futuro no lejano, para una transición pacífica hacia algo menos absurdo e incivilizado. Dicho mensaje es aceptado en el exterior sin cuestionamientos, lo cual vulnera aún más la ya precaria situación de una oposición que es vista como un portento de inexperiencia e ingenuidad, empaquetada en la cultura predominante de la "corrección política".

Es tan de izquierda nuestra oposición (con pocas excepciones), tan carente por ello mismo de brújula estratégica, tan reacia a llamar al pan, pan, y al vino, vino, que le resulta casi imposible captar las analogías evidentes (analogías, no identidades) entre nuestro Chávez y Obama en EE UU; se derriten ante los Demócratas y olvidan por completo el hecho comprobado de que sólo los Republicanos han estado y siguen dispuestos a darle aunque sea una manito a la causa de la libertad en Venezuela.

Por todas estas y otras razones he alcanzado a convencerme de que el mundo no vive un proceso de globalización, sino de acelerada bobalización.


Aníbal Romero / Los militares y la paz



29/4/12

Los militares venezolanos no deberían auto-engañarse. La revolución chavista es un proceso nefasto que ha destruido por completo la institucionalidad, exacerbado el personalismo político, subordinando a Venezuela a los designios de los hermanos Castro, desmantelando la economía y fracturando nuestra sociedad, arrojando a la institución castrense a un severo y quizás irreparable desprestigio.

La imagen general de la actual institución castrense venezolana es sombría. Estos pasados trece años la han cambiado de modo sustancial. No dudo que durante los tiempos de la República civil la institución armada fue imperfecta, pero la descomposición que hoy vemos desborda con creces lo previamente conocido.

El deterioro se observa en varios planos. El primero tiene que ver con la corrupción y se manifiesta en el presunto involucramiento de importantes figuras militares en el narcotráfico. El segundo se refiere a la aceptación de la masiva presencia cubana en Venezuela, de la oprobiosa dependencia del Presidente venezolano y Comandante en Jefe con respecto a La Habana, y la intervención de militares y agentes de inteligencia cubanos en el control de temas vitales para nuestra soberanía.

A lo anterior se suman otros aspectos. El primero concierne la cuestión operacional, las compras de armamentos, la creación de milicias paralelas y las nuevas alianzas del país con renegados internacionales como Irán y Siria. En vista de la incompetencia, despilfarro e ineficacia que afectan al gobierno en todos los órdenes, ¿qué tan capacitados están  nuestros militares para cumplir su misión de defensa, en caso necesario? En otro tiempo las hipótesis de guerra se enfocaban hacia países vecinos, como Colombia y Guyana, en términos de mesurado realismo. Hoy los escenarios aparentemente contemplan una “invasión imperialista” a Venezuela y otras quimeras por el estilo. Entretanto, saturados con armamentos rusos y chinos de baja categoría y probada ineficiencia, adquiridos sin transparencia alguna, ¿qué pasaría si los militares venezolanos se viesen involucrados en una guerra de verdad? ¿Son las milicias otra cosa que represores para gran parte de la sociedad?

Cabe también preguntarse cuál es la situación de las jóvenes generaciones militares, sometidas al incesante adoctrinamiento marxista administrado desde La Habana y sujetas al envenenamiento ideológico que ahora es común, según he escuchado, en sus institutos educacionales.

Pero lo peor que ha ocurrido en este ámbito, como resultado del delirio revolucionario, es el abismo abierto entre la sociedad civil, en particular en sus estratos mejor formados, más enterados y productivos (sin menoscabo del resto), y un sector militar percibido como hondamente corrupto, estéril, carente de profesionalismo y servidor de un régimen que subordina los intereses del país a los del despotismo castrista.

Ante este lamentable y decadente panorama, y en vista de la compleja situación política, corren rumores acerca de repetidos encuentros entre jerarcas militares venezolanos y cubanos, y sobre preparativos para asegurar la perdurabilidad del actual régimen, así sea necesario violentar aún más la Constitución, impedir o postergar elecciones y generar un “autogolpe”, antes que ver a la oposición democrática en el poder. Ello bajo el pretexto de “defender la revolución”.

Los militares venezolanos no deberían auto-engañarse. La revolución chavista es un proceso nefasto que ha destruido por completo la institucionalidad, exacerbado el personalismo político, subordinado a Venezuela a los designios de los hermanos Castro, desmantelando la economía y fracturando nuestra sociedad, arrojando a la institución castrense a un severo y quizás irreparable desprestigio. La única forma mediante la cual podrían, en un futuro, recobrarse de su descalabro es procurar la paz entre los venezolanos en medio de las tormentas que se avecinan, así como la expresión libre y soberana de la voluntad popular.





Aníbal Romero / El fracaso militar


Aníbal Romero / El fracaso militar


10/11/11


Estos pasados trece años de gobierno militar, directo e indirecto, constituyen un grave fracaso para la institución castrense venezolana, fracaso que tendrá hondas repercusiones sobre su devenir. 

A pesar de la condena ética que experimentó luego de su caída, el gobierno de Marcos Pérez Jiménez dejó una huella significativa en la autoimagen de la Fuerza Armada (y no solamente allí). De acuerdo con esta percepción, dicho gobierno militar demostró las destrezas tecnocráticas de la institución castrense y su aptitud para el manejo del Estado. Durante los tiempos de la República Civil (1958-1998), esa autoimagen de competencia tecnocrática sobrevivió en la proyección de institutos como el IAEDEN, y en el prestigio atribuido a algunas figuras militares que estuvieron al frente de Ministerios y otras corporaciones públicas. 

El actual régimen militar ha echado por el suelo la imagen de capacidad tecnocrática que la FAN quiso labrarse. No pretendo negar que en el mundo militar existieron y quizás existen aún personas profesionalmente solventes, pero no hablo acá de individuos sino de la institución como tal. El gobierno militar que nos rige ha sido destructivo y corrupto. Así lo evidencia el deterioro de Venezuela en todos los órdenes. 

Los militares, en segundo lugar, se presentaban como los más patriotas; sin embargo, hoy izan la bandera cubana en sus cuarteles y permiten que su Comandante en Jefe subordine los intereses del país al despotismo castrista.  Decían también nuestros militares ser los más “bolivarianos”, pero ahora muchos de ellos enarbolan el socialismo como referencia principal en su esquema de principios. 

No contentos con todo esto, los militares venezolanos de hoy han cambiado su historia. Del orgullo de haber derrotado la guerrilla comunista alentada y apoyada por Fidel Castro y rechazada en Machurucuto, en las montañas del Bachiller y de los Humocaros, esa otrora altiva institución castrense ha pasado en estos tiempos sombríos a reivindicar al Ché Guevara. Pierden así de vista que una institución que cambia su historia no sólo desfigura el pasado, sino que pervierte su presente e hipoteca su futuro. 

Digo esto con pesar, pero lo digo firmemente convencido de su verdad. Durante años ejercí la docencia en diversos institutos de educación superior de la FAN. La autoimagen tecnocrática, el patriotismo, el bolvarianismo y el apego a sus logros constitucionales eran valores cultivados con honra. Jamás imaginé que serían tan degradados y en tan corto tiempo. 

En una Venezuela distinta, que empieza a vislumbrarse tenuemente en medio de las tinieblas, será imperativo debatir a fondo y con seriedad y honestidad la situación y perspectivas de la institución armada en el seno de una sociedad de ciudadanos libres. Venezuela no debe continuar sometida al arbitrio político de los militares, y éstos deben abandonar por completo las ambiciones de poder político para convertirse en los defensores de un orden democrático regido por las leyes. 

En ese camino de reformas a la institución castrense, será necesario que los militares venezolanos realicen un examen de conciencia, y entiendan, para empezar, que lamentablemente se ha agrietado el respeto que alguna vez sintieron los sectores civiles ilustrados del país hacia los militares. El primer paso que debe darse consiste en recuperar ese respeto, no con base al miedo al zarpazo militar, sino con base a la autocrítica y al genuino reconocimiento mutuo entre civiles y militares, en función de reconstruir a Venezuela y sacarla del pantano en que está hundida.




13/10/11

¿Qué ha aprendido el pueblo venezolano estos años? ¿Se trata de un aprendizaje positivo o más bien patológico, es decir, que refuerza lo peor?

Aníbal Romero / Triunfalismo: mal consejero

Aníbal Romero / Triunfalismo: mal consejero

9/6/2011

La victoria de Ollanta Humala arroja significativas lecciones para Venezuela. La más importante es que el triunfalismo resulta mal consejero.

El triunfalismo es una moneda de dos caras: por un lado la subestimación del adversario, por el otro la sobrestimación propia. Lo primero, en el caso peruano, se puso de manifiesto mediante la inicial proliferación de candidaturas de los factores democráticos. Lo segundo a través de la confusión entre deseos y realidades, que se observó en la creencia de parte de personajes como Mario y Álvaro Vargas Llosa y el ex presidente Toledo, según la cual Humala no es quien siempre dijo que es, y además sus paladines de última hora van a cambiarlo y asegurarse que se portará bien.

No pocos en Venezuela pensaron lo mismo en su momento sobre Chávez y hoy purgan sus penas, llenos de comprensible arrepentimiento.

El ejemplo de Mario Vargas Llosa es triste y elocuente. La lectura de sus artículos en defensa de Humala revela no sólo una animadversión personal, más que política e ideológica, hacia la señora Fujimori, sino también la convicción absoluta de que la historia de Humala, historia que nos dibuja de manera inequívoca lo que el triunfante candidato representa y se dispone a hacer, es cosa de poca monta, pues Vargas Llosa y otros se convertirán en garantes de su buena conducta.

Haberse equivocado con Chávez fue un grave error que muchos cometieron, pero equivocarse con Humala, más que un error, es una estupidez. Si bien lamento lo que se le avecina al pueblo peruano, no puedo sino recordar que se aprende a los golpes y a veces ni siquiera con ese rudo método. No tardarán en arrepentirse y lo tendrán bien merecido.

En cuanto a los dos Vargas Llosa, cuyo desempeño político está tan lejos de sus talentos literarios, les veremos “llorar lágrimas de sangre”, para usar la gráfica expresión coloquial.

Deberían los numerosos y polifacéticos precandidatos de oposición venezolanos reflexionar sobre lo ocurrido en el Perú. Me atrevo a sugerir algunos puntos que demandan cuidadosa consideración. Primero: la gente se confunde ante tantos rostros y ambiciones. Confiamos que al final uno sólo de ellos enfrentará a Chávez en 2012, pero aún así el camino trazado hasta ahora muestra poca comprensión de las exigencias de este tiempo y circunstancias, y falta por ver cómo se desarrollan unas primarias tan congestionadas.

Segundo, Chávez es un demagogo formidable y un contrincante de singulares aptitudes políticas. Percibo entre los precandidatos de oposición un inocultable triunfalismo; es como si diesen a Chávez por derrotado. Quizás ello explica por qué tanta gente se afana en abanderar a la oposición: ¡Ya ganamos!, dicen, pero temo que no será sencillo.

En tercer lugar, el mensaje que hasta ahora transmite el bando opositor me luce gaseoso, gelatinoso y excesivamente centrado en lo económico. Es cierto que la gente vota con el estómago, pero no sólo de pan vive el hombre. Alan García no lo hizo mal; el Perú venía creciendo y la pobreza se había reducido. Sin embargo, Humala conquistó la victoria apelando a vibraciones del alma colectiva que trascienden lo económico.


Insisto: el triunfalismo es mal consejero. Derrotar a Chávez en el plano electoral no será fácil, y esto sin tocar el tema del cambio en el poder y los desafíos que aguardan a un hipotético nuevo gobierno. Hay que perder el miedo y hacer una campaña dura, de convicciones firmes, sin tantos eufemismos, diferenciándose nítidamente del socialismo y sus nefastas consecuencias económicas, ideológicas y políticas.


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Anibal Romero / Presos, ideas y MUD

Anibal Romero / Presos, ideas y MUD

Dos aspectos me inquietan con respecto a la Mesa de Unidad Democrática. El primero: su relativamente débil solidaridad y esporádica preocupación hacia los presos políticos del régimen. El segundo: la carencia de un mensaje definido hacia las mayorías populares, que responda a las preguntas: ¿cuál es la alternativa económica, no sólo política, a lo que existe, y qué se hará desde un hipotético nuevo gobierno? Considero legítimo realizar estos cuestionamientos pues la dirigencia democrática no se encuentra más allá del bien y del mal. No sostengo que la MUD haya dejado por completo de lado a los presos políticos del régimen, sino que su interés sobre los mismos y acerca de las injusticias y penurias que padecen no ha sido sistemático, ni les ha llevado a tomar acciones que combinen la fortaleza y la perseverancia.

Aníbal Romero / ¿FASCISTA O COMUNISTA?

Aníbal Romero / ¿FASCISTA O COMUNISTA? 


13/05/09


Hugo Chávez y su régimen son con frecuencia calificados de “fascistas” por sus opositores. Chávez reivindica a Fidel, no a Hitler; a Marx, no a Nietzsche; a Mao, no a Mussolini; al Che Guevara, no a Pinochet. Sin embargo, no pocos entre sus críticos se empeñan en llamarle “fascista”. ¿A qué se debe esto? 

Por razones históricas, ideológicas y políticas, Chávez y su régimen deben ser categorizados como comunistas, y no como fascistas. El fascismo fue, y aún podría ser, una degeneración del capitalismo sometido a una crisis aguda, y enfrentó a la clase media empobrecida contra el proletariado organizado. Fue la izquierda internacional, en Europa y EEUU, la que otorgó al calificativo “fascista” toda la carga de pesadilla, de supuesto horror insuperable, que continúa teniendo en nuestros días. 

Históricamente, el fascismo es una excrecencia del capitalismo y la democracia parlamentaria en momentos terminales, una reacción de derecha frente al radicalismo de izquierda. Lo fue en Italia bajo Mussolini y en Alemania bajo Hitler. El comunismo, por su parte, es de izquierda. 

El fascismo no es anticapitalista. Por el contrario, Mussolini y Hitler se cuidaron bien de no perturbar la marcha de la economía, y su “socialismo” no pretendió otra cosa que quitarles a los marxistas una consigna y confundirles mediante una bien orquestada propaganda. Todavía peor es llamar a Chávez “nazi”, como hacen algunos. No sólo se banaliza a los nazis al compararles con Chávez, a pesar de todos los dislates de este último, sino que se pierde de vista la especificidad del nazismo, que le distinguió del fascismo mussoliniano. Me refiero al biologismo racista, a la idea de una raza superior y su misión de dominio. Algo muy distinto, por cierto, a la ficción chavista del “hombre nuevo”, que es marxista con raíces en Rousseau. 

Pero es el en terreno político donde se ubica el peor error, cuando se procura etiquetar a Chávez como fascista. Se olvida que ha sido precisamente la izquierda la que ha convertido el fascismo en el presunto peor de los males, por encima de las no menos terribles atrocidades comunistas, sino que se otorga a Chávez y a toda la izquierda internacional, latinoamericana y venezolana, la oportunidad de encubrir sus responsabilidades y ocultar sus miserias, pues al fin y al cabo, si Chávez es “fascista”, la izquierda no tiene que ver con él. 

Pero no es cierto. La izquierda venezolana, latinoamericana e internacional, la comunista y no-comunista, no puede desembarazarse de Chávez tan fácilmente. La izquierda venezolana, latinoamericana e internacional deben asumir lo que les toca y responder por la tragedia que significa Chávez. Lo que Chávez piensa, expresa, hace e intenta, pertenece profundamente a la historia de la izquierda, a sus desvaríos, delirios y utopías. 

Lo único bueno que podría resultar de la experiencia chavista para los venezolanos, y más allá de Venezuela, es enterrar el socialismo, la izquierda y sus epígonos por mucho tiempo. Pero tal aprendizaje político creativo no tendrá lugar si a Chávez se le termina viendo como un fascista, es decir, “de derecha”. Esta treta o maniobra ideológica, tan errada como perniciosa, se explica porque la mayor parte de la intelectualidad venezolana sigue siendo de izquierda. Chávez aveguenza a muchos entre ellos (no los culpo), y tratan de distanciarse denominándole “fascista”. Pero se equivocan. Chávez no es fascista, es comunista, y nadie debería llamarle de otro modo. Lo que ocurre es que en nuestro extraño mundo, distraído y romántico, el anticomunismo pasó de moda. 



Se conmemoran estos días las jornadas que tuvieron lugar hace dos décadas en la Europa comunista, conduciendo al fin del imperio soviético y de la Guerra Fría. Celebrar las luchas por la libertad es positivo pero me temo que esta vez los festejos ocurren en medio de equívocos que conviene aclarar.
Un proceso revolucionario tiene que prepararse para la guerra, tanto externa como interna. Hugo Chávez es un verdadero revolucionario dispuesto a llegar a la raíz de las cosas, es decir, al más extremo radicalismo, y el proceso que encabeza busca tal destino. Pero por ahora la revolución bolivariana es incapaz de llevar a cabo con éxito una guerra contra sus enemigos externos. Chávez habla de “vientos de guerra” pero seguramente conoce la verdadera situación del aparato militar venezolano, agrietado en sus valores y tradiciones, desmembrado en sus jerarquías, sometido a un asfixiante y desmoralizador adoctrinamiento marxista y forzado a proveerse de armamentos de segunda categoría, comprados con dólares a Putin y sus mafias.

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